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Los vehículos que circulan por nuestras carreteras ya no son solo máquinas mecánicas; se han convertido en ordenadores con ruedas. Los sistemas avanzados de asistencia a la conducción (ADAS), que incluyen frenado de emergencia, mantenimiento de carril o detección de ángulos muertos, son obligatorios en la Unión Europea para todos los coches matriculados nuevos. Estos sistemas dependen de una red de sensores instalados detrás del parabrisas, en los parachoques y en los retrovisores: sensores de radar, cámaras de alta definición y tecnología láser.
Cuando un vehículo sufre un impacto leve, un roce en el aparcamiento o una avería eléctrica, estos sensores se sustituyen por completo, generando un residuo tecnológico que los talleres mecánicos deben gestionar de forma obligatoria.
El respaldo legal: el Real Decreto 110/2015
El destino de estos componentes no queda al azar. Según el Real Decreto 110/2015 sobre RAEE, cualquier dispositivo que dependa de campos electromagnéticos o corrientes eléctricas para funcionar se considera un aparato electrónico al final de su vida útil. Esto incluye legalmente a los sensores de automoción desvinculados del vehículo.
Los talleres tienen la obligación normativa de clasificar estos componentes de forma separada del resto de la chatarra metálica o plástica del automóvil.
Óptica de precisión combinada con metales reciclables
A diferencia de la electrónica común, un sensor láser o una cámara ADAS combinan microelectrónica con componentes ópticos avanzados.
Las placas de circuito que gestionan las señales de radar no utilizan los materiales estándar de un teléfono móvil. Requieren sustratos cerámicos especiales y chips de arseniuro de galio (GaAs) para operar a frecuencias ultra altas. Esto los convierte en concentrados intensivos de metales que la industria automotriz necesita recuperar con urgencia para cumplir los objetivos europeos de circularidad.
Hacia una economía circular en la automoción
El cierre del círculo de la automoción inteligente exige que el sector de la posventa asuma la responsabilidad compartida que marca el Real Decreto.
Entregarlos a gestores autorizados de RAEE evita que terminen contaminando otros flujos de reciclaje, asegurando que los materiales que salvan vidas en la carretera tengan una segunda oportunidad en la cadena de valor industrial.


























