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Contar pasos, medir el pulso, avisar de una notificación sin sacar el móvil del bolsillo. Los relojes y pulseras inteligentes se han convertido en un accesorio habitual, tanto para quien practica deporte de forma constante como para quien simplemente quiere llevar un control básico de su actividad diaria.
Su presencia no deja de crecer y, con ella, también aumenta la importancia de saber cómo gestionarlos cuando llegan al final de su vida útil.
Tecnología resistente que también se recicla
Para conseguir la resistencia al agua y al sudor que exige el uso deportivo, la mayoría de wearables sella la batería dentro de la carcasa con un adhesivo estructural, en lugar de sujetarla con tornillos o clips como ocurría en la electrónica de hace unos años. Este diseño permite disponer de dispositivos compactos y resistentes, capaces de acompañar entrenamientos, lluvia o piscina sin ningún problema.
Cuando una batería de litio queda pegada con este tipo de adhesivo, extraerla de forma manual conlleva un proceso complejo. Por eso, en las plantas de tratamiento, los dispositivos con baterías selladas de este modo requieren procesos de separación cuidadosos, un factor que no depende del tamaño del aparato sino de cómo está diseñado por dentro. Contar con instalaciones especializadas y personal formado resulta clave para garantizar un tratamiento adecuado.
Un ciclo de vida que se puede prolongar
Un reloj o una pulsera que ya no se utiliza sigue teniendo recorrido: puede pasar a manos de otra persona, destinarse a un uso más sencillo, como el contador de pasos, o donarse a entidades que le den continuidad. Cada una de estas opciones alarga el tiempo de uso del aparato y reduce la generación de residuos. Además, la reutilización permite que un mismo dispositivo siga siendo útil durante más tiempo antes de llegar al final de su ciclo.
Cuando el dispositivo ya ha cumplido toda su función, el siguiente paso es su entrega en un punto limpio o en los canales de recogida de los distribuidores. De este modo se incorpora a la cadena de gestión de los RAEE, donde se somete a un tratamiento especializado que permite recuperar sus componentes y reintroducirlos en nuevos procesos productivos.
Así, cada etapa del ciclo de vida, desde el primer uso hasta el reciclaje, forma parte de un modelo circular en el que la tecnología acompaña a las personas y, después, acaba reciclándose adecuadamente. Conocer estas opciones es un paso más hacia una gestión responsable de los RAEE, también en los dispositivos de menor tamaño.



























